Salí de casa cerrando la puerta tras de mi. Sam me esperaba apoyado en la valla blanca de su casa, seguía llevando las gafas de sol. Al verme se giro y sonrió.
-Que puntual.
El sol brillaba y se dejaba ver entre las hojas de las copas de los arboles que actuaban de contraluz negando el paso a los brillantes rayos de principios de julio.
-Lo mismo digo.
"No parezcas atrevida" pensaba para mis adentros, no quería parecer bastante lanzada, pero tampoco podía parecer aburrida. Tenía que impresionar realmente a Sam.
-¿Nos vamos?- pregunte midiendo muy bien mis palabras.
-Si claro.
Se aparto de la valla, incorporo la bici que estaba tumbada en el suelo y se montó sobre ella.
-Venga sube.
No podía ser... ¿me estaba pidiendo que subiera a su bici?.
La cara se me puso roja "¡No ahora no!" me repetía intentando disimular el rubor que poco a poco teñía mi cara. Tenía que subir, si no parecería idiota, una cría, pero subir a su bici me emocionaba tanto que me ponía demasiado nerviosa.
Sentía un hormigueo en el estomago que me incitaba a subir y me producía un agradable cosquilleo. Finalmente monte en el sillín, el pedaleaba de pie lo cual me dejaba en una posición algo comprometida. Ya podréis imaginar porque. Me agarre a el casi tan fuerte que si llego a poner un poco mas de empeño los dos abríamos volcado la bici.
-Tranquila -me miro por encima de su hombro y de sus gafas-. no hace falta que me arranques los hombros.
Pensé que había quedado como una idiota pero enseguida sonrió y empezó a pedalear.
Recorrimos el paseo de las viviendas y enseguida llegamos a la zona del centro. Era muy bonita, nada del otro mundo pero parecía agradable. Lo mas extraño era que todo el mundo parecía bastante hostil, reservada, como si estuvieran a la defensiva. Aunque tal vez solo fuera mi impresión al estar en un sitio nuevo, donde no conocía a nadie... pero era agradable estar en un sitio diferente; en todos los sentidos posibles.
Se podía ver la feria al otro lado del paseo marítimo, la pondrían en marcha por la tarde ya caída la noche, la verdad era que tenía muchas ganas de montar en las atracciones, hacia mucho que no iba a una feria como esa. Cuando era niña solía ir a las ferias de mi ciudad con mis padres, claro que por aquel entonces solo montaba en la noria, y tal vez en los coches de choque. Pero nunca, por nada del mundo habría entrado en "La casa de los horrores", aquella atracción me ponía los pelos de punta, y nunca llegue a entrar, claro que por aquel entonces era muy pequeña. Nos paramos a comprar unos batidos en un puesto al lado de una tienda de comics.
-¿De qué lo quieres?
Sam estaba apoyado en el carrito ante la mirada de desaprobación del vendedor.
-De vainilla, por favor.
-Dos de vainilla.
Metí la mano en mi bolso para sacar el monedero, tenía la foto de Lola Bunny dibujada, era muy mona, pero ahora no era momento de volver a la infancia. Saque los dos dólares que costaba mi batido.
-No hace falta- levante la mirada hacia Sam que me sonreía tranquilo-. Pago yo.
Le hice una mueca de descontento, pero a el solo pareció hacerle gracia y terminó pagando el. Me guarde el monedero en el bolso y nos dirigimos hacia el paseo.
-Podría haber pagado yo- le reproche.
-No mientras estés conmigo.
Sorbí de mi batido, la verdad era que estaba bastante bueno para haber salido de un carrito tan viejo, sucio y oxidado. Dirigí mi mirada hacia la montaña rusa que se levantaba imponente ante nuestros ojos casi eclipsando el sol. Tampoco había montado nunca en una montaña rusa. Tal vez fuera por la inseguridad que me producía la aparente inestabilidad de la atracción a pesar de que sabía que hay más posibilidades de sufrir un accidente yendo a un parque de atracciones que dentro de uno. Aun así seguía sin estar segura.
-Disculpa.
La voz sonó a mis espaldas, reaccione y comprobé si se había dirigido a mí. Cuando me gire, ante mi vi a un chico que me observaba fijamente y sostenía algo en la mano. Era mi monedero.
-Se te ha caído antes.
Supuse que habría sido cuando volví a meter el monedero en el bolso. Al menos eso creía.
-Gracias.
Le sonreí con el fin de no parecer borde. Entonces note algo. Cuando fui a recoger mi monedero el solo roce de su piel me hizo temblar de arriba a abajo. Fue un solo instante, pero pude notar el efecto en los instantes previos. Le observe bien. Era rubio, con el pelo mas bien largo y los ojos oscuros, ligeramente entrecerrados, llevaba una camisa abierta a cuadros rojos y negros con una camisa blanca debajo y unos pantalones vaqueros normales. A pesar de parecer una ropa normal me resultaba nostálgica. Estilo de los ochenta. Aunque lo que más llamo mi atención fue la cinta roja que llevaba atada al rededor de la cabeza.
Entonces el aparto su mirada de mi y la dirigió por encima de mi hombro, me volví intrigada y le vi a él. A Sam, que mantenía la mirada fija en el chico que me había devuelto el monedero, pero no era una mirada normal, era una mirada fría casi despectiva. Enseguida pude notar la tensión en el ambiente producida por ese cruze de miradas.
-¿Qué haces aquí?
El silencio asfixiante se había cortado con las palabras hostiles de Sam. El chico le respondió sin apartar la mirada desafiante de él.
-Nada.
-Pues entonces lárgate.
Me sentía fuera de lugar, casi avergonzada ante el comportamiento de Sam, tan diferente al que mostraba conmigo.
El chico me miro por última vez y sentí el mismo cosquilleo que antes al rozar su mano, solo que esta vez más leve. Finalmente se dio la vuelta y siguió caminando en dirección contraria.
-No te acerques a él- me susurro Sam al oído.
-¿Por qué?- pregunte inmediatamente.
-Es un chico raro, siempre está en esa tienda de comics, no tiene amigos, esta loco.
-¿Y eso por qué?- Sam me miro sin acabar de comprender mi pregunta, podía notar sus ojos dudosos a través de los cristales de sus gafas-. Es decir, le gustan los comics y no es muy sociable pero eso no quiere decir que este loco.
Sam suspiro y volvió su mirada hacia el horizonte, a la playa, donde rompían las olas cada vez con más fuerza.
-Ya te lo contare, pero hazme caso. No te acerques a ese chico, si lo haces te ganaras muchos enemigos en Santa Carla.
Volvimos a casa y quedamos para volver a vernos a las ocho e ir a la feria, estaba nerviosa, Sam había dicho que traería unos amigos y las caras nuevas siempre me ponían nerviosa. Pero había algo de lo que me había dicho Sam esa mañana que me intrigaba todavía mas: "No te acerques a ese chico, si lo haces te ganaras muchos enemigos en Santa Carla". Y lo que me resultaba todavía mas raro...ese escalofrío. Ese escalofrío que me había azotado mi cuerpo como una corriente eléctrica. No entendía el porqué. Aunque tal vez lo sospechara aunque no estaba segura. Decidí guardar esa posibilidad en mi interior, encerrarla con candado, no porque fuera imposible, si no porque me resultaba absurda o al menos eso quería pensar. Decidí olvidarme y me negué a pensar que eso fuera posible. Aunque al mismo tiempo me emocionara y me hiciera sentir extrañamente cohibida.
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